El presente texto es una síntesis del ensayo presentado en la Bienal de Arquitectura 2009 y que obtuviera el Premio de Historia y crítica en la categoría Investigadores Independientes
La Arquitectura, como todo emisor de significados, está definida por los principios de la comunicación. Y en ese sentido, el signo, el lenguaje y el discurso, son los medios por los cuales percibimos el hacer arquitectónico.
La Arquitectura, entendida desde este lugar, no es más que un objeto de lectura, un cuerpo de imágenes que construyen para el hombre los ejes de correspondencia con su mundo.
La expresión arquitectónica, para lograr la comunicación, necesita de una sintaxis, un cierto modo de organizar la forma para que el mensaje llegue de modo más preciso. Y las formas, así como el modo de organizarlas devienen históricamente de dos lenguajes principales: uno fue el lenguaje clásico, y otro el lenguaje moderno. Así, el pensamiento y la crítica arquitectónica se han supeditado y desarrollado bajo la lectura de estas dos estructuras.
Frente al abandono del lenguaje clásico y del lenguaje moderno, los códigos que orientaban el hacer arquitectónico desaparecieron o se han vuelto sumamente confusos en la actualidad.
Ante el problema, la contemporaneidad, intenta nuevos signos y explora lenguajes desconocidos, que más que aclarar el panorama, presentan relatos inconexos que bloquean el camino del hacer, la crítica y la comunicación.
Por esta razón, la Arquitectura sufre hoy de la más básica carencia comunicacional: los elementos primeros de la comunicación emisor-vehículo-receptor, no logran configurar un sistema que nos permita entender lo que diseñadores y arquitectos pretenden decir cuando construyen.
La confusión es, probablemente, el mal general en materia de comunicación. Todas las disciplinas del arte, diseño y arquitectura, dudan hoy acerca de qué hacer y cómo comunicarlo, y en última instancia si la forma del mensaje permite articular contenidos entre el emisor y el receptor, y si además dicha forma responde al espíritu de los tiempos que vivimos.
Por ello pareciera que el viejo estigma de la incomunicación nos ha alcanzado nuevamente en la historia, a nosotros los arquitectos y diseñadores, y como los hombres de la mítica ciudad de Babel, vagamos por un mundo donde los elementos de arquitectura y los espacios se nos presentan en escenarios de extrañamiento.
Babel significa confusión. Pero Bab-el es también “Puerta de Dios”, es estar en el umbral del conocimiento, y vislumbrar finalmente los postulados ocultos del saber.
El presente ensayo intenta descubrir los nuevos modos de comunicación establecidos por la arquitectura contemporánea. Qué signos han reemplazado a los conocidos y cómo se ha articulado el lenguaje, una vez superado el discurso de la modernidad. Busca los posibles nexos entre la conceptualización arquitectónica y los valores expresivos que denotan tales pensamientos
Convencido de que no todas las formas son el resultado de una acción intelectual, pero que a su vez, toda expresión refleja una ideología, es que este escrito indaga cómo la sociedad contemporánea construye su nuevo habitat, en un acto casi suicida, reemplazando el logos por la imagen.
En otras palabras, el escrito así planteado oscila entre la idea de la confusión y la de la epifanía; el despertar o el sinrazón; el descubrir el velo del conocimiento o terminar inmerso en las espesas aguas del oscurantismo intelectual.
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